Día Mundial de la Alimentación: El Camino de Roma a Cancún

[15 de octubre 2010] ROMA - Recuerden el año 2008: los precios de las materias primas agrícolas se duplicaron en apenas unos meses, revueltas por escasez de alimentos en cerca de 30 países en desarrollo, 150 millones más de personas que conviven a diario con el hambre.

Dos años después, el Comité de Seguridad Alimentaria Mundial organiza su sesión anual en Roma y celebra el Día Mundial de la Alimentación, si bien, la verdad es que hay poco que celebrar.

Los silos vuelven a estar llenos pero no ha había ningún esfuerzo innovador por reformar los sistemas alimentarios: los países importadores de alimentos siguen viviendo una situación de extremada vulnerabilidad, los pequeños campesinos no reciben el apoyo necesario, y los consumidores pobres todavía no están a salvo del aumento feroz de los precios.

Sin embargo, todavía hay algo peor que estos esfuerzos que llegan mal y tarde y es que, precisamente al centrarse estos esfuerzos en el corto plazo y los resultados inmediatos, quizás acaben consiguiendo lo contrario de lo que pretendían.

Por supuesto, hemos aprendido la lección de la reducción drástica de la inversión en agricultura y, ahora, tras 30 años de impune negligencia, renace el interés en este sector, tanto por parte del sector privado como por parte de los gobiernos. Pero las iniciativas propuestas para relanzar la agricultura quizás no estén a la altura de los retos a los que nos enfrentamos en la actualidad. La extensión del uso de fertilizantes químicos, la mecanización creciente de la producción o la ampliación de los sistemas de riego, parecen muy alejados del compromiso confeso de luchar contra el cambio climático y defender la agricultura familiar campesina. En realidad, estas “iniciativas” beneficiarán principalmente a las grandes explotaciones y a su modelo industrial cada vez más extendido.

Si seguimos en esta línea, estaremos avocados al fracaso, poniendo incluso en peligro la posibilidad de que nuestros hijos se puedan alimentar a sí mismos. La agricultura es responsable directa del 14% de las emisiones de gases de efecto invernadero producidas por la actividad humana – y esta cifra llega hasta un tercio si incluimos el dióxido de carbono producido por la deforestación para la expansión de las tierras de cultivo o de pastos. Como resultado de los cambios de la temperatura, se prevé que el rendimiento de las cosechas en ciertas regiones del África Subsahariana descienda en un 50% de aquí al 2020 en comparación con los niveles del año 2000, y las estimaciones más conservadoras auguran que la capacidad global de la agricultura en 2080 estará entre un 10 y un 25% por debajo de los niveles actuales.

Hoy por hoy, sin ir más lejos, los fenómenos meteorológicos ligados al cambio climático han supuesto un incremento de las inundaciones y las sequías, con estaciones lluviosas más cortas y menos predecibles y una mayor volatilidad de los mercados agrícolas. Además, los enfoques adoptados en la actualidad hacen que la producción de alimentos dependa cada vez más de los combustibles fósiles, petróleo y gas, precisamente ahora que la extracción de estos recursos está a punto de alcanzar su tope. Si la agricultura emprende esta vía estará dirigiéndose hacia el suicidio.

Esto puede cambiar. Podemos mejorar la resiliencia de la agricultura al cambio climático si combinamos diferentes cultivos en una misma explotación, si plantamos más árboles y si desarrollamos técnicas de recogida de agua que humedezcan la tierra. Los enfoques clásicos de la “Revolución Verde” deberían redefinirse y reorientarse en este nuevo sentido. La agricultura, parte integrante del problema del cambio climático, debe convertirse ahora en parte integrante también de la solución.

Para que este cambio pueda operarse deberemos reflexionar de manera conjunta sobre el cambio climático y el desarrollo de la agricultura, dos temas que a menudo se tratan de manera separada y cuya gestión se encuentra repartida entre varias políticas y entidades. Necesitamos recorrer juntos el camino de Roma a Cancún, ciudad que acoge la próxima Cumbre sobre el Cambio Climático en Diciembre.

Este cambio también requiere que adaptemos nuestros modelos de gobernanza. No podremos dirigirnos hacia una agricultura libre de carbono si seguimos siendo presos de las políticas electorales y de los mercados que sólo buscan el beneficio a corto plazo. Por supuesto no puede ignorarse la presión ejercida por los accionistas y los votantes para que se consigan resultados inmediatos, pero las aspiraciones de los ciudadanos deben enmarcarse en un marco más amplio que reconozca nuestro deber para con las generaciones futuras y que consolide la democracia para que ésta sea permanente y cercana al ciudadano. Para ello, necesitaremos estrategias plurianuales vinculantes, adoptadas a través de medios participativos, con un calendario preciso de acción y con la asignación clara de responsabilidades a los diferentes niveles de gobierno.

Los que pretenden que las cosas se queden como están, siempre están tentados de calificar estas propuestas de utópicas, irrealizables y de naturaleza “revolucionaria”, y otras propuestas de menores e insignificantes, demasiado pequeñas como para poder marcar la diferencia. Nosotros tenemos que ir más allá de esta falsa oposición.

Lo que cuenta no es cada una de las propuestas políticas aisladas del resto, ya sean reformistas o más bien revolucionarias. Lo que realmente cuenta es el camino que elegimos: la secuencia de medidas que, poco a poco, lleven a una agricultura neutra en cuanto al carbono que emite y absorbe, que proteja los ecosistemas y alimente sustancialmente al planeta. Una vez que todos formemos parte de una estrategia plurianual, ya no resultará tan fácil atacar o menospreciar la serie de medidas que propongamos para establecer sistemas alimentarios sostenibles. Lo que antes parecía utópico, ahora es realista si se considera como la línea de meta en un plan a largo plazo. Y los cambios que un principio puedan parecer triviales se observarán desde otro prisma una vez que se presenten como parte de una estrategia más amplia y ambiciosa.

Nuestras democracias reposan en la idea de que incluso los mayores problemas colectivos pueden resolverse si los despiezamos y los abordamos uno a uno. Esta es una idea que ahora nos toca a nosotros recuperar.